INVIERNO. OTRA VEZ


ensayos de mujeres
May 2, 2008, 11:16 pm
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¿Cómo es la fortaleza de las mujeres? ¿de qué forma somos fuertes? No es la primera vez que intento responder a esta pregunta y buscar algunos predicados que me permitan delinear trazos de esta misteriosa virtud femenina. Otra vez lo intento.

 Ayer, 10.30 am

La mujer está tendida sobre su cama. Desde hace seis días no puede mover las piernas ni el brazo izquierdo. ¿Antes? Hace cincuenta años caminaba por los pasillos de Palacio de Gobierno y decidía hasta lo que iba a cenar esa noche el presidente. Se levantaban lo militares, irrumpían por la madrugada y así, un cambio de gobierno. Falda hasta la rodilla, cabello con peinetas nacaradas y ella seguía decidiendo. Acompañando a la esposa del General, repartiendo las donaciones y luego, otro y otro cambio de gobierno. Elma Marmolejo trabajó como asistente del Presidente y la Primera Dama durante siete gobiernos consecutivos. Odría, Prado, Pérez Godoy, Lindley, Belaúnde, Velasco y Morales Bermúdez confiaron en esta mujer finamente firme. Hace unos meses compartíamos una taza de té y turrón de pecanas cuando no dudé en preguntar una de las prohibidas, ¿tía, tienes miedo a la muerte? Sí.

La mujer sigue tendida sobre su cama. Ahora llora, porque le duele y mientras todos alrededor intentan calmarla, que las pastillas, que tiene frío, que ya no come, yo vuelvo a preguntar lo imposible, ¿qué sientes? Desesperación. Elma Marmolejo tiene miedo del que contagia y yo pienso ¿cómo la salvo?, no podré si me toca vivir esto, ¿de qué la convenzo?, estoy agitada, ¿cómo la curo del miedo que ahora yo también tengo?

 

Ayer, 11.30 pm

Ambas se prepararon para no llorar. En esta ocasión a la madre no le arrancan la vida, es solo un acto de desprendimiento. La hija no está convencida de si debe aceptar la propuesta de trabajo en ese país lejano, la madre le muestra que quizás sea una buena oportunidad para su vida. La hija empieza a hacer los preparativos para el viaje, la madre la ayuda en cada una de las etapas. La hija no termina de hacer las maletas y está sumergida en un caos de ropa de colores y papeles importantes, la madre le muestra cada una de las prendas y los papelitos para que pueda elegir, qué va, qué no va. La hija no encuentra el pasaporte que recuerda dejó ahí en el mueble, la madre lo busca como si se tratara del ticket ganador de la lotería, y lo encuentra. Luego llora ¿Hubiera preferido no encontrarlo?

Las despedidas, los desprendimientos, cuando se trata de una madre y una hija, son un acto puramente generoso porque, orgánicamente el cuerpo y el alma de una madre, no están diseñados para dejarnos ir tan fácilmente. En ese sentido, el acto de amar y dejar ir, podría pensarse que va en contra de nuestra propia naturaleza pero, lo cierto, es que se trata de uno de los rasgos más originales de la esencia de las mujeres. Así, amar y desear, toman distancia y se convierten en opuestos al momento del acto.

Ahora ambas están llorando, ocupadas más por calmar el dolor de la otra y no tanto el propio. Entre caricias que me recuerdan a leonas frotándose con patas y hocicos, las tres buscamos algo que nos haga reír por unos segundos. Mi padre nos mira intuyendo. Luego, un me voy, un te dejo ir. Acto de amor.

Hoy, 5 pm

Cuando la llamé no tuve que explicar mucho, ella solo preguntó el lugar y la hora. Entramos a la habitación y Elma sigue echada en una posición tan similar a la que tuvo ayer que hasta a mí me incomoda. Como siempre Techi se aproxima con una sonrisa, la toma de la mano y le habla mirándola a los ojos. No le dice mucho al inicio sino más bien escucha cómo Elma habla de su dolor y ella imagina, pues ha aprendido que el dolor ajeno hay que imaginarlo primero para poder comprenderlo y ayudar a sanarlo después.

Mientras Elma sufre el presente, Techi le pide que le cuente quién es ella porque nunca olvida que detrás de un cuerpo herido y antiguo hay siempre una gran historia que contar, un quién eres tú que no se puede pasar por alto si lo que queremos es sanar. Con manos tibias recorre pacientemente el cuerpo de Elma, y ella, contra la costumbre, se deja tocar. Antes de hoy nunca se habían visto y quizás no lo vuelvan  a hacer.

Antes de irnos Elma le agradece a Techi con ojos transparentes y ella le deja un espejo cerca para que se pueda mirar. Habíamos olvidado mostrarle a Elma cómo es que se ve en estos días.

Para este momento, a la pregunta que me planteé al inicio, ¿de qué forma somos fuertes las mujeres? le doy un ensayo de respuesta que tiene que ver con la fortaleza de sentir el dolor, de dejar que duela mi dolor y el dolor del otro en mí.

Históricamente, desde una perspectiva masculina, se ha entendido fortaleza como la capacidad de resistir o no sentir el dolor. Esta facultad tiene su fuente en lo que ya Aristóteles llamaba logos en la Retórica y que, llevada a su más extrema versión, ha sido el marco de ordenamiento de los seres humanos, en los cuatro últimos siglos. Un orden que persuade a través del sentido de sus argumentos, deductivo incluso en relación a la forma en la que hay que sentir el dolor.  

Reconozco ahora en lo femenino, una facultad única y visceral de permitir que aquello que duele, pase por uno. La fortaleza de lo femenino muestra su origen en otro concepto aristotélico, pathos, en la disposición emocional de padecer y con – padecer el dolor.  Aquí no se busca la veracidad del argumento sino movilizar la emoción e intentar crear una nueva que, sea miedo, tristeza, furia o alegría, le de un lugar al dolor que la origina.

Creo que hoy, para pensar auténticamente en el otro, se requiere de esta forma – otra de ordenar el sentimiento. Un otro que no es una cifra de hambre, miseria y muerte, ni una imagen inconexa de dolor que no nos dice nada, sino un otro que tiene nombre y vida. Para pensar una vez más en el otro y en el dolor que encarna, habrá que reeducar el sentimiento y quizás observar con mayor detenimiento este fenómeno humano que es cómo sentimos y vivimos el dolor las mujeres.

Hoy, 12am

He llegado cansada a mi casa. Me quito las botas como si la guerra hubiese terminado. Silencio de sepulcro y la cama vacía. ¿Habré hecho lo correcto al decirle para separarnos un tiempo? Miedo a la soledad y al error. Durante estos días logré olvidar mi vida pero aquí estamos otra vez, cara a cara. ¿Y ahora? Dejar que duela. Pienso en Elma, en mi madre y mi hermana, en las mujeres de mi vida y me siento a escribir sobre mí misma, ensayando cómo es que duele mi dolor.

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1 Comment so far
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Hola, me gustó mucho tu ensayo, muy profundo e interesante. Yo soy el sobrino de mi tía Elma, nieto de su hermano Guillermo, un saludo a la distancia.
Un gusto conocerte (via electronica)
saludos
Bruno Marmolejo

Comment by Bruno Marmolejo




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