INVIERNO. OTRA VEZ


IV Encuentro de Derechos Humanos PUCP. Memoria, etnicidad y violencia.
October 1, 2008, 8:29 pm
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Me he tomado la libertad de modificar mínimamente el título de mi colaboración en esta mesa redonda por las características del tema al que voy a referirme. En este caso he preferido hablar bajo el título, memoria, etnicidad y paz. Quiero plantearnos la pregunta en positivo, quiero preguntar cómo es que podemos pretender paz a través de consideraciones tan trascendentales como memoria y etnicidad. Cómo es que se vinculan estos dos conceptos al de la paz.

En contextos como éste, apuesto por el uso frecuente de la palabra paz,  ante todo porque me da esta sensación de que hay algo que construir, de que hay un camino y un lugar hacia dónde moverse. Me son más útiles las preguntas que resultan cuando pienso en la paz que las no poco interesantes que surgen cuando me enmarco en el concepto de violencia. Pensar en términos de paz me despierta respuestas CREATIVAS, CONSTRUCTIVAS, MUCHO MÁS CONCRETAS.

Entre la pregunta por la violencia y la pregunta por la paz hay pues un abismo de por medio. Toda una forma de pensar subyace al pequeño giro. Pasar de una a otra es reconocer y resaltar que hay materia de conocimiento en torno a la paz, se reivindican sus fines, se validan en otras fuentes sus mecanismos, memoria o etnicidad, por ejemplo. El curso que toman así memoria, derechos humanos, etnicidad, democracia, desarrollo… tiene un matiz diferente cuando se le integra a un discurso explícito y proactivo por la paz.

No puede parecernos una casualidad que al mismo tiempo que los pueblos indígenas amazónicos se levantan ante la amenaza de ver vulnerados sus derechos, haciendo evidente el poco tino de nuestros líderes, algunos miembros del Congreso hayan levantado voz de protesta por una supuesta apología al terrorismo en los textos de quinto de secundaria. Sin entrar en detalles sobre lo que unos buscan reivindicar y otros acallar, me parece que en realidad, una y otra cosa,  se tratan de lo mismo. Una clara manifestación de la carencia que sufrimos de conocimiento e interpretación de las experiencias en torno al tema de la paz así como de los caminos para alcanzarla. En otras palabras, una muestra de nuestra ignorancia sobre la realidad de la paz y sus posibilidades concretas.

De hecho no es una cosa exclusivamente nuestra. Me refiero a los peruanos. El conocimiento y la experiencia sobre estos temas a nivel global es cada día mayor, estudios para la paz, resolución de conflictos, derechos humanos, comunicación no violenta, por dar algunos ejemplos, son temas de los que se escribe y se publica todos los días pero de lo que menos se aplica y se implementa.

Memoria, inclusión y etnicidad no están en cartelera por que paz tampoco lo está. De lo contrario sería imposible no tomarlas en cuenta. 

Dicho esto no puedo más que reforzar lo que ya sabemos. El rol de la universidad en un contexto como el que nos toca vivir nos exige más que nunca proponer los lineamientos conceptuales sobre los que se va a empezar a pensar, actuar y decir otra vez. Pensar, actuar y decir PAZ es parte de la emergencia educativa en la que estamos hoy.

Presiento que orientar nuestro discurso sobre memoria y etnicidad (entre otros temas) hacia un discurso explícito sobre la paz y sus posibilidades, ampliaría el espectro de caminos con los que contamos para responder ante la violencia. Hacer claro que lo que buscamos es PAZ lo que es mucho más complejo (PODEROSO) que estar en contra de la violencia,  es una carta que todavía no jugamos plenamente. 

Si trabajamos con el término paz por delante y nos apoyamos en el conocimiento acopiado durante el último siglo sobre medios y fines para trabajar por la paz, y ya luego decimos memoria y etnicidad, acusaciones superficiales de estar atentando contra el desarrollo o el orden social, etiquetas con adjetivos de pertenecer a grupos que subvierten la armonía por simplemente pensar y hacer una propuesta diferente, no tendrán de dónde sostenerse pues habremos quebrado la estructura lógica que le da espacio a críticas infundadas. Nos habremos movido de los rezagos de la lógica de la violencia que tanto repudiamos a la de la paz que se construye a punta de palabra y acciones concretas. Si movemos nuestro estar “contra la violencia” y la enmarcamos con una apuesta proactiva por la paz, podría eventualmente quedar más claro por qué es que hay una interrogante cuando se llama héroes nacionales a personas que se vieron en la penosa situación de matar en un país en guerra. Se podría quizás empezar a comprender por qué hay desazón en cuanto a que una operación de inteligencia tras meses de desesperación y un saldo de decenas de muertos algunos no la veamos como motivo de ORGULLO NACIONAL sino como un lamentable hecho que nos confronta con  quiénes somos y cómo es que llegamos hasta ese lugar. Se podrá vislumbrar con otros lentes la importancia de recordar.

Cuando trabajamos con la convicción y el conocimiento de la paz por delante y la proponemos dentro del espacio público como fin último de nuestras posibles interrogantes y respuestas se abre un escenario diferente:

En primer lugar, creamos una plataforma de dimensiones marcadamente cualitativas que suman a la que nos ofrece hablar de manera exclusiva en contra de la violencia.

El riesgo de la plataforma que nos ofrece el discurso en contra de la violencia cuando no está inserto dentro de la explícita demanda de paz, está en que da lugar a respuestas cuantitativas. En otras palabras, en el discurso exclusivo en contra de la violencia algunos encuentran espacio para dar rienda suelta a un mal entendido utilitarismo enfocándose, por ejemplo, en el error en el dato de número de muertos, o en el beneficio – perjuicio de acciones que atentan contra la paz, siempre con la excusa de estar bajo el manto de la “lucha contra la violencia”. De este modo se deja de lado la parte más cualitativa de los hechos, por decirlo de algún modo: que más allá del número de muertos y anécdotas violentas, una guerra tuvo lugar y sanar el pasado y aprender para el futuro se han convertido en nuestros más auténticos imperativos morales. Dentro del espectro del discurso por la paz no hay lugar para olvidos de este tipo.

En segundo lugar, el discurso por la paz ofrece una plataforma amplia y menos intrincada, en la que se ve con mayor claridad cómo se manifiestan y se vinculan otras formas de violencia además de la violencia directa (como se conoce a la que resulta de acciones directamente violentas como el uso de armas o guerras).

Sucede que la palabra violencia en su uso más tradicional, tal y como cuando hablamos de los años de violencia sufridos en el país, o del discurso en contra de la violencia, es equivalente a lo que se llama en los estudios por la paz, “violencia directa”. Bajo esta mirada, además de esta, la llamada violencia directa, existen otros tipos de violencia como “la violencia estructural” (por ejemplo, la pobreza) o violencia cultural (digamos el racismo). Todas son formas de violencia y se relacionan y sostienen entre sí. En ese sentido resultaría útil mostrar la forma en la que el discurso por la paz articula, por ejemplo, el vínculo entre pobreza extrema, racismo y que en el Perú tres de cada cuatro víctimas hayan sido quechua hablantes. Desde el discurso por la paz se configuran nuevos caminos para pensar la violencia como fenómeno dinámico y multidimensional y se entienden mecanismos como memoria y etnicidad como parte de una trama mucho más compleja de acciones que buscan la consecución de un fin último llamado paz.  

Hacer explícito nuestro pensar, actuar y decir PAZ nos da un espacio de reflexión para la complejidad del fenómeno de la  violencia y sus múltiples dimensiones. Pero quizás lo más valioso es que destaca los muchos puntos de encuentro que hay entre quienes trabajan para erradicar la pobreza, la discriminación por género o raza, la corrupción o el uso de armas de fuego.  PAZ es un punto de encuentro de pensamiento y acción tanto para quienes defienden el lugar de la memoria y la reconciliación en fases de post-conflicto, la inclusión de grupos olvidados, o los derechos de los refugiados.  Es importante remarcar una vez más que a estas alturas hablar de paz no es referirnos ya a una meta abstracta de la que poco se sabe como aprehender, un ideal de unos cuantos soñadores, ni simple vocabulario religioso, paz no es una realidad posible si no contamos con condiciones concretas que la hagan viable. Más bien, y con mucho esfuerzo, se trata de una de las áreas de conocimiento humano que mejor uso ha dado a la transdisciplinariedad y a la experiencia, lo que ha permitido reproducir nuestro conocimiento en torno a este tema a un ritmo y escalas impresionantes.

En tercer lugar, se plantea un escenario ideal para reflexionar sobre la tan manoseada educación en valores.

Aunque el tema aún se encuentra en un estadio incipiente, poco a poco se empieza a hablar con mayor fuerza en el ámbito académico de las consideraciones éticas que hay tras el discurso, los estudios y la acción por la paz. Esto da lugar a que junto al argumento racional, o razonable, que sostiene la validez de pensar y hacer paz, encontremos el reconocimiento de que existe un compromiso moral en dicho actuar que debe ser tomado en cuenta para una comprensión más amplia y profunda de la paz.

Desde esta perspectiva y sin mayores aspavientos, las disciplinas por la paz resultarían ser buenos ejemplos a observarse para esto que llaman “educación en valores”. Cuando uno opta por estudiar o decide llevar a cabo una labor cuyo fin último es contribuir a una convivencia pacífica, podemos asumir que estamos haciendo un juicio de valor que resulta en una elección para trabajar a favor de la paz. Es difícil creer que aquellos que dedican parte de sus vidas a un campo en donde la paz es un telos, no hayan hecho por lo menos una evaluación superficial de lo que implica paz para sus vidas y la vidas de los otros.

Es más difícil incluso pensar en un individuo que a pesar de trabajar en este campo tenga dudas del rol de la paz para la mejoría de la condición humana. En consecuencia, desde el primer momento, el juicio que se hace para decidir trabajar por la paz está lleno de consideraciones morales. Después de este momento inicial, toda la práctica del sujeto estará seguida de incontables dilemas morales y decisiones que tendrá que abordar con el fin de solucionar dichos conflictos en consonancia con sus virtudes, motivos o creencias. Hallo ahí un campo inmenso de exploración para la educación en valores.

En cuarto lugar, desde la filosofía, el paso a la plataforma del discurso por la paz, nos abre la posibilidad de añadir al debate otras perspectivas éticas adicionales a las que plantea la deontología o el utilitarismo ante el tema de la violencia. Complejizando y no por ello complicando el debate deontología/utilitarismo, el discurso por la paz da comodidad a la aparición de las llamadas ética de la virtud y ética del cuidado para nutrir el debate.

He querido enumerar al menos cuatro de las muchas potencialidades que encuentro en el discurso proactivo por la paz. Este es un esfuerzo por mostrar cómo es que memoria y etnicidad podrían encontrar nuevos caminos de actualización si se vinculan más explícitamente a la paz dentro del discurso público. 

Entiendo que nuestra referencia a la violencia sin mucha mención a la paz podría ser el resultado del momento histórico que nos toca vivir y que un cambio en nuestro vocabulario se tendrá que dar paulatinamente y como representación de una transformación en el pensamiento. Sin embargo, no creo en la espontaneidad para alcanzar este tipo de fines. Revisando la agenda de este encuentro de derechos humanos, de los más de 30 foros, coloquios, mesas y ponencias incluidas para estos 4 días, solo dos incluyen la palabra paz en sus títulos y ésta junto a la palabra guerra. Llama la atención.

Creo que es importante hacer consciente cómo la violencia impregna incluso nuestra forma de entenderla y abordarla. Intuyo que no decir, pensar y hacer PAZ de manera más explícita en el espacio público, incluidos espacios como éste, podría ser herencia de décadas de muerte y dolor. Herencia a la que a través de esta presentación invito a rebelarse.

PAZ. Toda.

Gracias.



La gastronomía en el Perú. Plaza para todos
October 1, 2008, 5:53 pm
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Una vez más la gastronomía peruana se lució como espacio de encuentro. Muchos de los que antes no nos veíamos las caras, nos encontramos en la Feria Perú, mucho gusto. Lo seductor de la gastronomía peruana, lo que nos tiene encantados a todos, es que se nos presenta como la salvadora, como la que va a hacer lo que nadie sabía cómo hacer.

La gastronomía ha creado un espacio en el que parece que podríamos entrar todos. Lo que sucede con el fenómeno de la gastronomía en el Perú es que se trata de uno de los pocos ámbitos en los que la diversidad ha sido aceptada como algo que nos enriquece. En un país lleno de prejuicios y discriminaciones del más diverso tipo, por fin encontramos un espacio en el que ser más y más diferentes resulta ser algo bueno. En su forma más integral y articulada, la gastronomía es una parada famosa en la red que va desde la agricultura más elemental hasta la moda gourmet, una red que en su evidente interdependencia asume a cada uno de los elementos como necesario. Ni el restaurantero prescindiría del pescador ni este último del limonero.

Sin embargo, pensar en la gastronomía peruana y quedarnos en la idea de espacio de encuentro y mirarlo, quedarnos fascinados y luego hablar de democratizaciones de espacios cuando aún lo único que ha pasado es que “estamos todos juntos”, parecería que es algo que no nos debe suceder. Más que enfocarnos en los procesos democratizantes que tomarán siempre sus propios caminos y tiempos como la historia manda, podríamos empezar por proyectarnos a las posibilidades educativas que un escenario como este nos ofrece. Pasar de pensar en la gastronomía como un espacio de encuentro a asumirlo como un espacio de profunda transformación es tarea pendiente. Por poner un ejemplo, una de las mayores emergencias en las que se encuentra nuestra Lima, es la de empezar a construir una idea de orden. El caos lo ha tomado todo y pareciera que hasta nuestras válidas ganas de querer un poco de orden se han destruido. Si ellos quieren romper todas las calles al mismo tiempo, y construir encima para romper un poco después, y dar leyes y retirarlas y poner rompe muelles y luego quién sabe qué, ese no tiene por qué ser nuestro estilo. Los nuevos espacios públicos que la gastronomía en particular y el bienestar económico en general nos entregan podrían empezar a ser pensados como proyectos en los que se fomentan cierto tipo de valores ciudadanos.

En el caso de la Feria, Perú mucho gusto, por ser el ejemplo más fresco: invitar a la gente a llegar caminando o en bicicleta para evitar tráfico y polución, ofrecer estacionamiento para bicicletas, contar con algún sistema de reciclaje de basura, invitar a los proveedores del mercado a donar una cantidad de sus productos a alguna institución de caridad como se hace al final de las más grandes ferias gastronómicas del mundo; algo tan simple como señalizar correctamente a la entrada y al interior de la feria para que el público se entrene en cómo seguir direcciones, son sólo algunas ideas que podrían aportar al esfuerzo de pensar el gran proyecto que tenemos pendiente los peruanos, responder a la pregunta de ¿quiénes queremos ser?

Ante la ausencia de un Ministerio de Cultura que articule estas iniciativas y la evidencia del potencial que la gastronomía puede tener como gestora de transformación social, se podría empezar a abrir un nuevo espacio para ser creativos y constructivos al mismo tiempo. No necesitamos decir que para estos fines, un enfoque interdisciplinario es un requisito. La idea sería ampliar la transversalidad que inspira a la gastronomía peruana cuando llama a la inclusión y a valorar lo diverso. Ampliarla lo suficiente hasta generar una propuesta realmente novedosa en la que se involucre no solo a los sujetos que trabajan y gozan de esta riquísima manifestación cultural, sino a los ciudadanos que apostamos por un país mejor. Ahí es cuando el verdadero poder de la gastronomía peruana se dejará ver.



Con cuidado
July 16, 2008, 11:07 pm
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Una de las frases con las que mostramos nuestra preocupación por que el otro esté bien es “cuídate”. En las despedidas, cuando aún hay dudas de si nos volveremos a ver “yo te quiero” muchas veces toma forma de “ten cuidado”. Cuidar-de (otros y nosotros mismos) es pues una forma de amor que se enseña, se aprende y se reproduce no solo en nuestros vínculos con las personas sino con las cosas que forman parte de nuestro universo concreto y simbólico.

A diferencia de la lógica de la defensa, la lógica del cuidado es gratuita y para ponerse en acción no está sujeta a lo que podría ser visto como una agresión o una ofensa. En otras palabras, cuidar – de es un acto que no se origina esencialmente como respuesta a un estímulo que viene de fuera, sino en el vínculo que tiene un sujeto con las personas o cosas por las que siente afecto. En la valoración de este vínculo es que tiene lugar el cuidado: porque eres importante para mí, te cuido.

Por su parte, la lógica de la defensa es reaccionaria por definición. Uno defiende lo que ha sentido atacado y de no ser así el acto de defender (se) no tiene lugar. En ese sentido, no es un acto gratuito y tiene más que ver con la acción del otro sobre aquello que uno considera importante (o simplemente suyo) que con la atención espontánea que se le da a esas personas o cosas por las que uno tiene algún sentimiento.  

Dentro de estas dos líneas de pensamiento y acción llevamos nuestra vida cotidiana. Al momento de elegir la leche que tomarán nuestros hijos, al hablar o ignorar al mendigo del semáforo de todos los días, al optar por cerco eléctrico – guardia – alarma sin preguntas sobre la inserción de los chicos del pueblo joven vecino en el mercado laboral, al jactarnos de nuestros increíbles (mas no inacabables) recursos naturales, al comer un peruanísimo pulpito en vías de extinción, elegimos entre defender o cuidar. Por eso, asombra vernos sacando cara y poniendo el cuerpo para defender nuestro territorio y nuestro pisco y nuestras papas y nuestros nuestras nuestros y tan poco cuando de cuidado se trata.

Cuidar de lo nuestro es algo totalmente distinto que defenderlo. De hecho no habrá nada que defender si no empezamos cuidándolo. Y si queremos una explicación detallada de de qué se trata cuidar de algo como por ejemplo, nuestras no sé cuántas variedades de papas o nuestras 200 millas de mar peruano y no solo aplicar el pronombre posesivo de forma mecánica, entonces, propondría imaginar lo que le diríamos a un niño si nos preguntara ¿de qué se trata eso de cuidar – de?  Tanteo una posible respuesta por si alguna vez un niño me diera la opción: cuidar – de es poner eso que quieres mucho, en el mejor lugar posible. Es asegurarte de que cuente con lo que necesita para seguir vivo y que no se acabe por una simple distracción. Es darle tiempo, estar atentos, ponerle ganas. Cuidar es una forma de ser con las cosas y con las personas.

Estoy convencida de que “el cuidado” es una de las máximas formas en las que se puede expresar el desarrollo e identidad de los pueblos, especialmente en estos tiempos. Es certeza de supervivencia, mucho mayor que la que nos ofrece defendernos. Sucede pues que la mayoría de veces cuando cuidamos solícitamente de algo, no necesitamos ya defenderlo.

Me pregunto si todos reaccionaríamos tan patrióticamente si no se tratase de defender la peruanidad de la papa, sino de cuidar de los agricultores alto – andinos que desde hace siglos siembran por amor al arte las papitas de colores que en estos últimos meses tanto orgullo nos traen. Es cierto, cuidar demanda más tiempo y dedicación que defender. Defender se enfoca en el resultado inmediato mientras que cuidar mira con atención lo que lo hace posible: sin agricultores trabajando la tierra, no hay papitas de colores, sin bienestar para el otro no hay pleno bienestar para uno, sin pulpo mamá no hay pulpo bebé. Qué simple y qué complicado ¿no?

Sin darnos cuenta, los seres humanos tendemos a meter todo dentro de los paradigmas que nos son familiares y el de la inmediatez de la defensa es de esperarse en el caso de un pueblo como el nuestro con tradición militar, autoritaria y de conflicto. Sin embargo, si queremos realmente avanzar como país, tenemos que empezar a sacudirnos de esas visiones reduccionistas y muchas veces egocéntricas que no hacen más que distraernos de lo realmente importante. Nuestro país no va a crecer porque digamos al mundo que más cosas son nuestras ni porque tengamos 10 de las 8 maravillas, sino solo porque cuidamos de ellas.

 



ensayos de mujeres
May 2, 2008, 11:16 pm
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¿Cómo es la fortaleza de las mujeres? ¿de qué forma somos fuertes? No es la primera vez que intento responder a esta pregunta y buscar algunos predicados que me permitan delinear trazos de esta misteriosa virtud femenina. Otra vez lo intento.

 Ayer, 10.30 am

La mujer está tendida sobre su cama. Desde hace seis días no puede mover las piernas ni el brazo izquierdo. ¿Antes? Hace cincuenta años caminaba por los pasillos de Palacio de Gobierno y decidía hasta lo que iba a cenar esa noche el presidente. Se levantaban lo militares, irrumpían por la madrugada y así, un cambio de gobierno. Falda hasta la rodilla, cabello con peinetas nacaradas y ella seguía decidiendo. Acompañando a la esposa del General, repartiendo las donaciones y luego, otro y otro cambio de gobierno. Elma Marmolejo trabajó como asistente del Presidente y la Primera Dama durante siete gobiernos consecutivos. Odría, Prado, Pérez Godoy, Lindley, Belaúnde, Velasco y Morales Bermúdez confiaron en esta mujer finamente firme. Hace unos meses compartíamos una taza de té y turrón de pecanas cuando no dudé en preguntar una de las prohibidas, ¿tía, tienes miedo a la muerte? Sí.

La mujer sigue tendida sobre su cama. Ahora llora, porque le duele y mientras todos alrededor intentan calmarla, que las pastillas, que tiene frío, que ya no come, yo vuelvo a preguntar lo imposible, ¿qué sientes? Desesperación. Elma Marmolejo tiene miedo del que contagia y yo pienso ¿cómo la salvo?, no podré si me toca vivir esto, ¿de qué la convenzo?, estoy agitada, ¿cómo la curo del miedo que ahora yo también tengo?

 

Ayer, 11.30 pm

Ambas se prepararon para no llorar. En esta ocasión a la madre no le arrancan la vida, es solo un acto de desprendimiento. La hija no está convencida de si debe aceptar la propuesta de trabajo en ese país lejano, la madre le muestra que quizás sea una buena oportunidad para su vida. La hija empieza a hacer los preparativos para el viaje, la madre la ayuda en cada una de las etapas. La hija no termina de hacer las maletas y está sumergida en un caos de ropa de colores y papeles importantes, la madre le muestra cada una de las prendas y los papelitos para que pueda elegir, qué va, qué no va. La hija no encuentra el pasaporte que recuerda dejó ahí en el mueble, la madre lo busca como si se tratara del ticket ganador de la lotería, y lo encuentra. Luego llora ¿Hubiera preferido no encontrarlo?

Las despedidas, los desprendimientos, cuando se trata de una madre y una hija, son un acto puramente generoso porque, orgánicamente el cuerpo y el alma de una madre, no están diseñados para dejarnos ir tan fácilmente. En ese sentido, el acto de amar y dejar ir, podría pensarse que va en contra de nuestra propia naturaleza pero, lo cierto, es que se trata de uno de los rasgos más originales de la esencia de las mujeres. Así, amar y desear, toman distancia y se convierten en opuestos al momento del acto.

Ahora ambas están llorando, ocupadas más por calmar el dolor de la otra y no tanto el propio. Entre caricias que me recuerdan a leonas frotándose con patas y hocicos, las tres buscamos algo que nos haga reír por unos segundos. Mi padre nos mira intuyendo. Luego, un me voy, un te dejo ir. Acto de amor.

Hoy, 5 pm

Cuando la llamé no tuve que explicar mucho, ella solo preguntó el lugar y la hora. Entramos a la habitación y Elma sigue echada en una posición tan similar a la que tuvo ayer que hasta a mí me incomoda. Como siempre Techi se aproxima con una sonrisa, la toma de la mano y le habla mirándola a los ojos. No le dice mucho al inicio sino más bien escucha cómo Elma habla de su dolor y ella imagina, pues ha aprendido que el dolor ajeno hay que imaginarlo primero para poder comprenderlo y ayudar a sanarlo después.

Mientras Elma sufre el presente, Techi le pide que le cuente quién es ella porque nunca olvida que detrás de un cuerpo herido y antiguo hay siempre una gran historia que contar, un quién eres tú que no se puede pasar por alto si lo que queremos es sanar. Con manos tibias recorre pacientemente el cuerpo de Elma, y ella, contra la costumbre, se deja tocar. Antes de hoy nunca se habían visto y quizás no lo vuelvan  a hacer.

Antes de irnos Elma le agradece a Techi con ojos transparentes y ella le deja un espejo cerca para que se pueda mirar. Habíamos olvidado mostrarle a Elma cómo es que se ve en estos días.

Para este momento, a la pregunta que me planteé al inicio, ¿de qué forma somos fuertes las mujeres? le doy un ensayo de respuesta que tiene que ver con la fortaleza de sentir el dolor, de dejar que duela mi dolor y el dolor del otro en mí.

Históricamente, desde una perspectiva masculina, se ha entendido fortaleza como la capacidad de resistir o no sentir el dolor. Esta facultad tiene su fuente en lo que ya Aristóteles llamaba logos en la Retórica y que, llevada a su más extrema versión, ha sido el marco de ordenamiento de los seres humanos, en los cuatro últimos siglos. Un orden que persuade a través del sentido de sus argumentos, deductivo incluso en relación a la forma en la que hay que sentir el dolor.  

Reconozco ahora en lo femenino, una facultad única y visceral de permitir que aquello que duele, pase por uno. La fortaleza de lo femenino muestra su origen en otro concepto aristotélico, pathos, en la disposición emocional de padecer y con – padecer el dolor.  Aquí no se busca la veracidad del argumento sino movilizar la emoción e intentar crear una nueva que, sea miedo, tristeza, furia o alegría, le de un lugar al dolor que la origina.

Creo que hoy, para pensar auténticamente en el otro, se requiere de esta forma – otra de ordenar el sentimiento. Un otro que no es una cifra de hambre, miseria y muerte, ni una imagen inconexa de dolor que no nos dice nada, sino un otro que tiene nombre y vida. Para pensar una vez más en el otro y en el dolor que encarna, habrá que reeducar el sentimiento y quizás observar con mayor detenimiento este fenómeno humano que es cómo sentimos y vivimos el dolor las mujeres.

Hoy, 12am

He llegado cansada a mi casa. Me quito las botas como si la guerra hubiese terminado. Silencio de sepulcro y la cama vacía. ¿Habré hecho lo correcto al decirle para separarnos un tiempo? Miedo a la soledad y al error. Durante estos días logré olvidar mi vida pero aquí estamos otra vez, cara a cara. ¿Y ahora? Dejar que duela. Pienso en Elma, en mi madre y mi hermana, en las mujeres de mi vida y me siento a escribir sobre mí misma, ensayando cómo es que duele mi dolor.